Estos glaciares, los más extensos y a la vez los más vulnerables del planeta, se encuentran en países como Colombia, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Perú. Su pérdida compromete los ecosistemas de montaña y la seguridad hídrica de millones de personas en Sudamérica.
En Venezuela, el último glaciar del país, el Glaciar Humboldt, desapareció en 2024. Con su pérdida, Venezuela se convirtió en el primer país andino en quedarse sin glaciares tropicales activos.
En Colombia, los glaciares han perdido cerca del 70 % de su superficie desde la década de 1950, reduciéndose de forma acelerada debido al cambio climático y alcanzando una pérdida de hasta el 90 % en algunas zonas desde finales del siglo XIX. Actualmente, solo quedan seis nevados principales, todos en estado crítico de retroceso.
En Ecuador, la situación es igualmente preocupante. En los últimos 25 años, el país ha perdido más del 40 % de la superficie de sus glaciares. El emblemático Chimborazo —considerado el punto más cercano al sol desde el centro de la Tierra debido a su ubicación ecuatorial— perdió más del 50 % de su glaciar entre 1992 y 2010, con estimaciones de reducción total de hasta el 72,4 % en décadas recientes. Asimismo, el Cotopaxi ha perdido cerca del 55 % de su superficie de hielo desde 1976, afectando tanto a los ecosistemas de altura como al turismo de montaña.
En Bolivia, el retroceso es igualmente intenso: los glaciares han perdido más del 50 % de su superficie de hielo en las últimas cuatro décadas (1985–2023), con una reducción crítica de más de 36 000 hectáreas. Cordilleras como la Real y la Apolobamba han perdido cerca de la mitad de su hielo desde los años ochenta. El glaciar Chacaltaya desapareció por completo en 2009, afectando directamente a La Paz, donde el agua de deshielo cubre hasta una cuarta parte del consumo durante la estación seca.
En Perú, que concentra aproximadamente el 68 % de los glaciares tropicales del planeta, el aporte hídrico es vital. Directa o indirectamente, abastecen a más del 60 % de la población que vive en zonas andinas y costeras. Regiones como Áncash, Lima, Arequipa, Cusco, Huancavelica y Puno dependen de estos ecosistemas. Durante la temporada seca, cuando las lluvias son escasas, la fusión glaciar mantiene un caudal mínimo de agua que permite la continuidad de la agricultura, la ganadería, la producción hidroeléctrica y el consumo humano. También son clave para la recarga de acuíferos y humedales de altura que sostienen la biodiversidad local.
Sin embargo, en las últimas 6 décadas, los glaciares peruanos han perdido alrededor del 56 % de su superficie, y muchas cordilleras muestran un retroceso acelerado. Este proceso está generando nuevas lagunas glaciares que, si bien pueden convertirse en fuentes adicionales de agua, también representan un riesgo por posibles desbordes o aluviones.